domingo, 24 de agosto de 2008

La Maison de France

Varias son las tascas en donde uno puede comer productos italianos y están en todos los formatos: informales, de gala, alternativos, etc. ¿Qué pasa cuando uno quiere probar comida francesa? Todavía tengo en mi retina la imagen del film de Katherine Zeta Jones en donde estaba a cargo de una armoniosa cocina que despacha filete mignon y otros clásicos galos cuya preparación –decía la guapa Chef- se esconde en un triple secreto: mantequilla, mantequilla y mantequilla. Todo en un ambiente extremadamente formal y “refinado”.
La Maison de France es en teoría el estado del arte de estos clásicos, eso sí, en una versión igualmente formal. Es decir, si van en lo posible usen una tenida casual pero vistan pantalón de tela. Los meseros te atenderán extremadamente bien y en adelante tu cena se transformará en una armonía de perfección, pero no esperes un ambiente extremadamente distendido en el sentido eufórico de la palabra.
Ahora volvamos a las lecciones de Katherine. Personalmente iba en busca del Foi Gras. Ya he probado la Cassoulet y el Confit de Canard, pero en ningún lugar he podido encontrar el afamado hígado de pato. En la Maison lo tienen, sólo que para solicitarlo de entrada hay que desembolsar una cifra cercana a los quince mil pesos. Primera lección de la noche: no crean en los presupuestos que te sugiere la crítica especializada. Aquí se quedaron cortos en un 50%.
En fin, postergamos el Foi Gras para una próxima ocasión y nos concentramos en una tabla de quesos. No soy un gran fan de los quesos, pero mi esposa los ama. Un gran amigo (que por casualidad se radicó en Francia) comparte ese gusto, por tanto cada vez que viene a visitarnos nos trae un camembert que expele un olor tan potente que hace parecer el camarín de un equipo de fútbol como un arreglo floral. Con eso quiero decir que la variedad que probamos era exquisita (en lo personal me encanta el emental), pero la selección era un buen grupo de exponentes premium made in Chile.
Los platos de fondo hicieron la diferencia. Mi mujer pidió Mero (al limón) acompañado de Puré de Camote y Caviar de Berenjenas. La carne del mero es un golpe de sabor. Por ser un pescado de profundidad, su textura es firme, deliciosa y muy tierna. El puré neutraliza el toque de limón del pescado y la textura grasa del caviar que, a juicio de mi esposa, exageraba un poco en la mantequilla.
Frente a mí, una Garra de Cordero apoyada sobre Cebolla Caramelizada y Risotto de Finas Hierbas. El plato es una armonía y me hizo recordar la gran distancia que existe entre mi entusiasmo por el gourmet y la cocina profesional. Para mi gusto un plato redondo y exquisito.
Así las cosas, cerramos la serie compartiendo un delicioso Crème Brûlée que sirvió para disfrutar por un momento más lo que consideramos una gran cena. Ni Zeta Jones, ni la formalidad, cambiaron esa apreciación. Sólo apareció en mí el deseo de poder probar esas mismas preparaciones en una tasca más festiva, acompañados del murmullo de la multitud que viste jeans y chaquetas sencillas, pero que no quiere privarse de los clásicos de la cocina madre de todas las cocinas internacionales. Al parecer, ese placer sólo seguirá reservado para la buena gente que nos trae la siempre deslumbrante y multifacética comida italiana.

viernes, 8 de agosto de 2008

En la mesa del Lili Marlen

Hace un tiempo atrás apareció en el diario un ranking con los mejores restaurants de las colonias de inmigrantes radicadas en Chile. Ahí pude percatarme de mi escaso conocimiento sobre algunas tradiciones culinarias, tema que inmediatamente me propuse solucionar. Casualmente, un par de semanas después iba en mi auto en dirección al hogar cuando pude divisar uno de los restaurantes top de ese listado en la categoría "Alemania": Lili Marlen.
Llamé a la Pame (mi señora) y le pregunté si se animaba a cenar en este lugar, después de todo en algún momento del siglo pasado fue justamente un alemán el que llegó a Chile y abrió el árbol genealógico de mi familia. Este hecho -que permitió que nos conociéramos- me hizo considerar necesario hacerme a lo menos de una idea sobre esa tradición culinaria que no estuviera restringida únicamente a la cerveza. Y claro, por los comentarios, el Lili Marlen era el lugar. Busquen en los blogs especializados y sólo encontrarán elogios a sus platos y a su atención. Lean la crítica especializada y todas las referencias indicarán que este local es el “no va más” de la tradición gastronómica germana. Así que reservamos.
Al entrar a la gran casa que alberga al restaurante, la sensación es de estar ingresando a un lugar hermosamente decorado, pero al anunciar nuestra reserva a la mesera nos topamos con un primer problema. Rápidamente una señora (una de las propietarias imagino) apartó a quien nos atendía, la reprendió entre murmullos y luego nos dijo que pasáramos por su izquierda a ocupar una mesa. Toda esta escena, ambientada con marchas prusianas, nos hizo parecer la invitación no precisamente como un ¡bienvenidos!
Una recomendación, si estás ahí no puedes iniciar la velada sin un gran vaso de cerveza. Apagada la sed inicial, personalmente aproveché de satisfacer mi gusto por la proteína animal pidiendo el crudo de la casa. La carne estaba bien roja e impregnada de un imperceptible aliño que al acompañarse de limón, terminaba en una mezcla de gran calidad. Si te gusta el crudo, este es un excelente ejemplar.
Hecho el pedido para el plato de fondo (Lomo Kassler y Albondigas de la Casa) y mientras esperábamos, comenzamos a analizar las innumerables fotografías que alhajaban los muros del local y… ¡sorpresa! una, dos, tres, etc. fotografías de Pinochet. Ahí nos hizo sentido el uniforme de las meseras (todas usan una boina negra), y la seriedad con la que te atienden (todas impecables, atentas, pero nunca les verás una sonrisa o por lo menos esa fue nuestra impresión). Por tanto si eres sensible al pasado reciente de nuestra historia política y la imagen de ese señor no ayuda a tu digestión, debes pensar dos veces antes de reservar en este lugar, o programar precavidamente una cita con el gastroenterólogo.
El plato de fondo no desentonó. Mi lomo realmente estaba delicioso y las papas que lo acompañaban eran una maravilla. Las albóndigas de la Pame también eran muy sabrosas pero su ensalada agridulce no nos hizo tanta gracia. La cantidad de comida no es nada despreciable y si te gustan este tipo de platos te irás a casa con la panza repleta. Cerramos con un postre para los dos que sin duda recogía lo mejor de la tradición repostera alemana.
La cuenta nos llegó en una hermosa presentación acompañada de caramelos. Luego las meseras pusieron sobre nuestra mesa dos bajativos por cuenta de la casa. Esas ya son dos señales inquietantes para tu tarjeta de crédito.
Salimos del local con la sensación de haber comido bien, pero también con la sensación de haber pagado mucho por ello. Personalmente todo estuvo correcto, pero ningún plato me generó esa sensación de absoluta indiferencia con la cuenta (droga necesaria para poder desembolsar dinero). No nos atendieron mal, pero tampoco pude ver esa calidez que tanto se comenta.
En definitiva, no nos fuimos en ese estado de embriaguez emocional que uno consigue cuando descubre un gran local donde comer. Tal vez no era la mejor noche del Lili Marlen.

Mesas y copas en Santa Cruz

¿Colchagua Valley? Sí, es una extraordinaria provincia que queda a sólo dos horas de Santiago en donde se puede tomar vino en cantidades y comer, comer, comer y comer.
Sí, ya estoy al tanto de los prejuicios: paseo para pensionados adinerados, turistas extranjeros o matrimonios con más de un hijo pequeño, de esos que se preguntan todo el tiempo ¿por qué? Pero ahí llegamos con la Pame a destruir los estereotipos y nos plantamos como pareja joven sin hijos que somos, a descansar de nuestras agotadoras rutinas santiaguinas.
La actividad turística en el valle es agitada y su epicentro logístico se concentra en el pueblo de Santa Cruz. De hecho ese es el nombre del hotel más famoso y costoso de la zona que, junto a su viña, forman una parte (ignoramos la cuantía) del patrimonio del empresario Carlos Cardoen. No nos detendremos en la historia de Cardoen porque la atención del fin de semana se la llevó la comida y los vinos, así que si quieren indagar: google it. Sólo les puedo anticipar una cosa: alguien tiene que hacer ese trabajo…
La primera parada y cena del viaje la hicimos en un restaurant peruano de nombre “La Casita de Barriales”. En dos palabras: In - Creíble. Si van les recomiendo comenzar con una causa limeña de jaiba. Luego mi elección para el fondo fue el lomo salteado. Con el primer trozo supe que no me había equivocado y no sólo eso, también supe que podía morir tranquilo. La Pame tuvo la misma sensación, sólo que con su ají de gallina. En resumen, no pueden perdérselo. Yo salí agradeciendo el aporte culinario que nos ha reportado el proceso de inmigración peruana. Este restaurant pasó a mi top 3 inmediatamente
Al día siguiente, compramos tickets para visitar la Viña Viu Manent. El lugar es precioso y se vende solo. Exportan el 98% de su producción y el gran orgullo de su gente es la elaboración de un vino cuya cepa predominante está combinada con un “secreto”, creado por su enólogo. Los hay en Carmenere, Cabernet Sauvignon, Malbec, Merlot y Syrah. Nosotros preferimos las botellas tradicionales de la viña, todas de gran calidad, pero sin el "secreto". El restaurant de la casona funciona muy bien y está emplazado en un lugar precioso con paredes de adobe. La iluminación es perfecta y hay que tener presupuestado un consumo de entre 12 y 14 lucrecias por persona. La cocina está a la altura y se puede comer cordero, entrañas, ravioles caseros, entre otros platos. Pese a todo, no pude sacudirme de la impresión de Barriales.
El día siguiente lo pasamos recorriendo la Viña Casa Lapostolle. A este lugar llegamos invitados por el esposo de una amiga, quien gentilmente nos mostró todas las increíbles instalaciones que posee esta viña. Para evitar lanzarme en una piscina de adjetivos grandilocuentes, sólo puedo mostrarles un par de fotos y recomendarles ir. Insisto, no dejen de ir. Pero bahh! igual puedo socializar algunos tips como que el edificio y bodega de Lapostolle para la producción de Clos Apalta, posee seis pisos incrustados en la ladera de una montaña, que le costaron a su dueño alrededor de 10 millones de dólares. También nos enteramos que es posible arrendar una de las cuatro cabañas construidas en el lugar. Sólo tienen que hacer una vaca y juntar la módica suma de $500 dólares por cada noche. Quizás les aliviará saber que el precio incluye el desayuno.
El final del viaje decidimos pasarlo nuevamente con la buena gente de Barriales. Quisimos, además, averiguar si para la cena anterior el chef andaba en uno de esos días en que hay que jugar al Loto, o si estábamos definitivamente ante un hallazgo culinario mayor. Esta vez cambiamos la causa limeña por un cebiche de corvina (en este local se usa con “b”). De fondo pescado a la plancha y cómo no… lomo salteado. El resultado fue el mismo y sin duda el vino de la zona y este restaurant fueron la mejor noticia del fin de semana.